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Celtas en Asia Menor

Deyórato y Brenno. Los Gálatas y Senones. Reyes y reinos celtas en Asia Menor

Un poema y dos leyendas escritas hasta ahora. Es momento de pasar a la historia, y qué mejor forma de iniciar que con dos pasajes de la historia de los celtas poco conocidos. Conozco a personas con una cultura razonable que no tienen ni idea de lo que les voy a relatar.

Todo comenzó aproximadamente en el siglo IV a.C., cuando la tribu gala de los senones se dividió en dos: una parte se mantuvo en lo que es hoy Francia, y la otra cruzó los Alpes en dirección a Italia. Esta fragmentación ocurrió hacia el año 400 a.C. Los senones que cruzaron a Italia, en el 391 a.C., invadieron Etruria y sitiaron la ciudad etrusca de Clusium. Los etruscos pidieron ayuda a Roma, y los romanos respondieron enviando una embajada. El líder celta, Brenno, a quien las fuentes romanas denominan
«rey» , recibió a los embajadores, tres hermanos de la poderosa familia Fabia, quienes preguntaron al rey:

―¿Por qué atacan a los que nada les han hecho? ―Brenno contestó:

–Los de Clusium tienen más tierra de la que pueden usar y no la comparten. Además, nos asiste el derecho más antiguo del mundo: los fuertes toman de los débiles, algo que ustedes, romanos, también hacen.

Según nos cuentan Diodoro Sículo y Tito Livio, los Fabios entraron en la ciudad y apremiaron a la gente de Clusium a luchar contra los celtas; Amiano llega a decir incluso que los embajadores dirigieron la lucha. La batalla se dio al pie de la ciudad, pero los galos detuvieron la pelea al ver a los emisarios participar.

Indignado, el rey celta envió a sus hombres más altos y fuertes como embajadores a Roma, exigiendo la entrega de los Fabios, ya que habían violado el derecho de gentes al participar en una batalla siendo heraldos.

En Roma, el senado estuvo de acuerdo en el mal proceder de sus compatriotas y ofreció una compensación monetaria, la cual fue rechazada por los celtas. Un grupo de sacerdotes romanos, mediante un augurio, vaticinó males para la ciudad si no se castigaba a los culpables, pero sus palabras no fueron tomadas en cuenta. Al contrario, la asamblea popular eligió a los Fabios como tribunos consulares. Esto enfureció al rey Brenno y lo decidió a atacar Roma.

La Batalla de Alia

Los historiadores y las fuentes no se ponen de acuerdo en la fecha de esta lucha, que varía desde el 390 al 386 a.C., siendo este último año el mayoritariamente aceptado por los investigadores modernos, algo corroborado por Diodoro Sículo y Polibio. En cuanto al día, se acepta el 18 de julio según el calendario actual, ya que, en el calendario de la época, el mes de julio no existía y corresponde al mes de Quintilis; la fecha sería Ante diem XV Kalendas Sextilis. Ruego tu indulgencia, querido lector, ante esta pequeña desviación sobre las fechas. Intento que la historia sea mucho más que una colección de áridos datos, pero en este caso, me sirve para hacer una aclaración.

Con respecto a la historia temprana de los celtas, no nos queda otro remedio que recurrir a fuentes griegas y romanas. Tratar de obviarlas es un sinsentido, debido a que los celtas mismos no dejaron registros escritos —exceptuando algunos tallados en piedra, labrados en alfabeto ogham, alrededor de tres centenares en las islas británicas—. Pero la epigrafía de esos monumentos demuestra que apenas nos presentan algunos topónimos y patronímicos. Entonces, nos vemos obligados a recurrir a las fuentes mencionadas. Eso sí, debemos dejar en claro que los autores, tanto griegos como romanos, tienen un sesgo contrario a los celtas, pero aun así no podemos ignorarlos. Citando las palabras del gran historiador y divulgador británico Adrian Goldsworthy, en su obra Las guerras púnicas:


«La historia la escribe generalmente el bando vencedor, pero esa situación alcanza su máxima expresión cuando tiene lugar la destrucción completa del perdedor. No existe relato alguno que describa ni siquiera una parte del conflicto desde la óptica de los púnicos. Algunos autores griegos escribieron narraciones en las que se favorecía a los cartagineses, en especial los relatos de dos historiadores que acompañaban a Aníbal en su expedición italiana, uno de los cuales fue su antiguo tutor, Sosilo. Ninguna de esas narraciones ha llegado hasta nosotros, aunque está claro que fueron conocidas y utilizadas por algunas de las fuentes supervivientes. Incluso esos relatos perdidos los escribieron griegos en griego y, por ende, extranjeros que quizás no entendieron por completo las instituciones y la cultura púnicas. Así pues, es inevitable que contemplemos las Guerras Púnicas desde la óptica griega o romana y a través de relatos de autores que sabían que Roma, finalmente, sería la triunfadora. Es imposible escribir una versión púnica del conflicto, pues sería tan estúpido desestimar de manera automática, cualquier relato favorable a los romanos y dar crédito a todos los incidentes favorables a los cartagineses, como el aceptar toda la propaganda romana sobre las tradiciones púnicas. Finalmente, debe considerarse que se trata del relato de las guerras llevadas a cabo por Roma contra el enemigo púnico (como el propio nombre de Guerras Púnicas implica) …»

Parafraseando a Goldsworthy, podríamos sustituir casi por completo «púnicos» por «celtas» y sería cercano a la exactitud. Con la gran diferencia de que los romanos no destruyeron totalmente la civilización celta, y es apenas desde el siglo IV d.C. que comenzamos a obtener registros escritos por los propios celtas, casi ocho siglos después de los hechos que estoy narrando. Por supuesto, en ese período, la cultura celta sufrió una evolución muy grande; por lo tanto, seguiré utilizando las fuentes grecorromanas como guía.

Conciliando las fuentes y los investigadores modernos, nos encontramos con lo siguiente: los romanos poseían un ejército de alrededor de veinte mil efectivos, con una cantidad importante de reclutas novatos sin entrenar. Del otro lado, el rey Brenno contaba con treinta mil hombres de armas, según Diodoro Sículo, pero los estudios modernos indican que eso es una posible exageración romana, y yo me inclino a estar de acuerdo. Lo más probable es que las fuerzas en combate estuvieran igualadas, con una pequeña ventaja de los galos.

El rey Brenno, luego del desaire hecho a sus embajadores, reunió sus tropas y avanzó sobre Roma. Los romanos salieron de su ciudad y esperaron a los celtas en la confluencia de los ríos Tíber y Alia, a unos quince kilómetros al norte. Los romanos colocaron sus tropas entre el río y unas colinas, dejando sobre éstas a sus reclutas como reserva, y extendieron sus líneas para evitar un posible flanqueo por parte de Brenno. Lo que consiguieron, sin embargo, fue debilitar su frente. El rey de los senones se reveló como un gran táctico y, en vez de cargar contra el debilitado centro romano, atacó y tomó las alturas pobremente defendidas, al tiempo que arremetía contra el centro. Las tropas que habían ganado las colinas flanquearon la derecha romana, mientras su centro cedía. El pánico aumentó el caos entre los romanos. Su ala izquierda sostuvo la lucha por poco tiempo, y los soldados trataron de cruzar el río con sus armaduras. Los galos, no obstante, mataban a los que huían. Unos pocos se refugiaron en la cercana ciudad de Veyes; otros huyeron hacia Roma. Los celtas les daban caza, y en la propia ciudad entró el pánico al escuchar los cánticos victoriosos de los galos. De manera increíble, los romanos dejaron las puertas abiertas tras su paso.

Los celtas no atacaron de inmediato. El desconcierto reinaba en la ciudad, y muchos de sus moradores huyeron durante los siguientes dos días. Hasta las vírgenes Vestales llevaron el fuego sagrado de Vesta hacia la vecina Caere. Los romanos aprovecharon esos días para atrincherarse en el monte Capitolino. La inacción romana hizo temer alguna trampa a los galos, que construyeron un campamento a orillas del Annio y enviaron exploradores a la ciudad. Éstos volvieron con las noticias de que no se veía defensores en los muros, pero se escuchaba el griterío de la gente dentro. Dos días después avanzaron, destrozaron la puerta Colina o la encontraron abierta —eso no está claro— y se internaron en las calles, llegando hasta el propio foro romano.

Allí encontraron a un grupo de senadores de edad avanzada que no había huido, quienes les esperaban desarmados, envueltos en sus togas y sentados en sus sillas de marfil, en completo silencio. Los galos se acercaron; los senadores se pusieron en pie y los miraron a los ojos. Los celtas, fascinados ante tal demostración de falta absoluta de miedo a su inminente muerte, se quedaron sin hacer nada, devolviendo la mirada. Al poco rato, un jefe galo tocó la barba de un senador y éste, furioso, le golpeó con su bastón. El galo respondió matando al senador con su espada, y el hechizo se rompió. Acuchillaron a todos los senadores presentes.

Los galos rodearon la acrópolis del Capitolino y, como la pendiente para subir al monte era escarpada, los celtas decidieron hacerlos rendir con un asedio. Los senones se dedicaron a incendiar el resto de la ciudad para intentar que los defensores bajaran a defender sus hogares. Brenno incluso ordenó a parte de sus tropas atacar las aldeas cercanas, dado que los galos tampoco contaban con muchos suministros para un largo asedio. Dejando unos pocos hombres para mantener el cerco, el cuerpo principal del ejército celta marchó sobre la ciudad de Ardea. Pero ya estaba hecho: los galos habían tomado la ciudad de Roma y habían incendiado una parte. La tenían bajo control, menos a los pocos refugiados en la acrópolis del Capitolino. Así, Brenno logró lo que el genial estratega cartaginés Aníbal Barca nunca pudo: tomar la ciudad de Roma. Los celtas pudieron conquistar Roma 861 años antes de que fuera tomada por Odoacro y sus germanos en el 476 d.C.

Debemos matizar que la ciudad tomada por los senones tenía poco que ver con la que enfrentó el general púnico Aníbal 170 años después, así como tampoco su ejército: nada de los legionarios vencidos en Cannas o Trasimeno. De hecho, en la época que nos ocupa, el ejército romano estaba compuesto por falanges de hoplitas al estilo griego, usaba un escudo redondo y largas lanzas, hasta que volvió el gran Camilo.

De este personaje debemos hacer un pequeño aparte. Marco Furio Camilo fue un general (el mejor de su época) nombrado dictador en cinco ocasiones y seis veces elegido tribuno consular. Un detalle: eso de dictator poco tiene que ver con la connotación negativa que le damos hoy día. Era una magistratura totalmente legal, otorgada por el senado de Roma y aprobada, según ley, por la asamblea de las curias o Comitia Curiata. A un solo individuo se le entregaban poderes casi absolutos, pero estaba regulado por algunas leyes. Debía renunciar a los seis meses o cuando la emergencia por la cual fue elegido estuviera resuelta. Camilo, vencedor de Veyes y Falerii, estaba exiliado en Ardea. Allí, esperando el llamado de la patria, comenzó a preparar un ejército con algunos de la ciudad y otros refugiados de Roma y supervivientes de la derrota de Alia.

El asedio del Capitolino duró aproximadamente siete meses. Mientras, el ejército enviado por Brenno contra Ardea fue derrotado por las tropas mandadas por Camilo, volviéndose a Roma. Entre tanto, otros supervivientes y gentes de Veyes pidieron al exdictador que tomara el mando, pero éste se negó hasta que los restos del senado, encerrados en el Capitolino, se lo ordenaran. Con este fin, enviaron a un joven que la historia conoce como Cominio Poncio, quien cruzó el río bajo el amparo de la noche, logró burlar el cerco y subió por la parte de la pendiente más difícil del monte. De inmediato, fue llevado ante los senadores, y éstos volvieron a nombrar a Camilo como dictador. El joven logró pasar de nuevo el cerco galo y entregó su mensaje en Ardea; de allí, Camilo envió mensajes a Veyes y logró reunir un ejército de, supuestamente, veinte mil hombres.

Mientras tanto, en Roma, los senones, siguiendo las huellas del mensajero, iniciaron un ataque contra la acrópolis por la misma ruta que el joven tomó. Se cuenta que los centinelas de ese lado estaban dormidos y que ni siquiera los perros guardianes alertaron de la presencia del enemigo. Sólo los gansos sagrados armaron un alboroto, despertando a todos.

Gracias al aviso de los gansos de Juno, los defensores, liderados por Marco Manlio, lograron rechazar el ataque. Las cosas estaban mal para los romanos; ya casi no tenían víveres y optaron por negociar. Enviaron a un tribuno llamado Sulpicio, y el rey Brenno aceptó dejar la ciudad mediante el pago de mil libras de oro. Con esto acordado, se reunieron Brenno y los representantes romanos para la entrega del rescate. La tradición romana, probablemente idealizada, nos relata: al ver los senadores que, supuestamente, la balanza usada por los galos estaba trampeada, se indignaron y protestaron, a lo que el rey Brenno contestó colocando su propia espada en el plato de la balanza. Cuando le preguntaron qué hacía, en medio de una carcajada, pronunció la famosa locución latina:


―Væ victis

Que significa «¡Ay de los vencidos!» y hasta hoy se utiliza para ejemplificar cómo los vencidos quedan a merced de los vencedores. Los romanos razonaron —pues suficiente humillación habían sufrido con la aceptación de pagar por su rescate— y aceptaron lo demandado por Brenno.

Lo ocurrido a continuación, según las fuentes, es poco claro. Algunos cuentan (Livio y Plutarco) que Camilo se presentó en la ciudad con su nuevo ejército e impidió el pago del rescate, diciendo:


―Non auro sed ferro liberanda est patria.

(«No con oro es con hierro, como se libera la patria») y retó a los senones a una batalla a las afueras de la ciudad, donde los derrotó. En cambio, Diodoro cuenta que los celtas dejaron Roma, siguieron su camino y asediaron Veascium, y allí fue donde Camilo los venció. Tito Livio da otra versión distinta: que el combate comenzó dentro de la misma ciudad cuando Camilo anuló el acuerdo. Los historiadores modernos (como Karl Julius Beloch) alegan que todas estas versiones fueron producto de la propaganda posterior romana y que los senones se retiraron por mótu propio, probablemente movidos por su falta de suministros o porque debían volver a su hogar, asediado por los venetos, lo que coincide con la versión de Polibio. El historiador griego dice que los senones se retiraron luego del asedio de siete meses, con una retirada pactada y cargados de botín.

El hecho es que el dictador Camilo fue aclamado como nuevo Rómulo y segundo fundador de Roma, y se dedicó a la reconstrucción de la ciudad y a la reforma del ejército. Por su parte, los senones pasaron los siguientes cien años asentados en Italia y enzarzados en las guerras galo-romanas.

Entre los romanos, esa derrota y humillación los persiguió por mucho tiempo. Se establecieron los juegos Capitolinos y crearon la procesión supplicia canum, en la cual, se sometía a los perros a colgar de cruces en recuerdo de su fallo en alertar la presencia enemiga, mientras los gansos eran testigos adornados con púrpura y oro.

Tan fuerte fue el impacto en la memoria colectiva romana, que durante posteriores invasiones —en el año 216 a.C., en medio de la segunda guerra púnica, y en el 114 a.C., época de las invasiones de teutones y cimbrios—, los romanos realizaron sacrificios humanos, lo cual resulta insólito, ya que no era su costumbre. Pero es significativo que, como parte de los sacrificios, se enterraran vivos a dos galos. Este trauma también se materializó en piedra: según Tito Livio, los censores ordenaron la reconstrucción de las murallas servianas después del saqueo. Esta decisión no fue una simple reparación, sino una respuesta directa a la humillación de Brenno. La lección de que Roma era vulnerable y necesitaba defensas formidables había quedado grabada a fuego. La construcción de esta imponente muralla, cuyos restos aún impresionan hoy, se convirtió en el legado físico y permanente del susto celta, un recordatorio de que las puertas de la ciudad nunca más podían quedar abiertas para un enemigo. De hecho, esa misma fortificación fue, con alta probabilidad, una de las razones estratégicas clave por las que el genial Aníbal Barca decidió no marchar sobre Roma tras su victoria aplastante en Cannae. Es un factor que, al censurar su decisión, a menudo pasan por alto tanto aficionados como algunos académicos: Aníbal no se enfrentaba a la misma ciudad abierta que Brenno, sino a una fortaleza que había aprendido su lección más amarga y se había blindado contra futuros asedios.

Es tan lejos como el siglo XII d.C. que encontramos esta historia reflejada por un cronista de ascendencia celta. Godofredo de Monmouth lo relata en su Historia Regum Britanniae, pero casi con seguridad, Godofredo utilizó las fuentes grecorromanas ya mencionadas. De este autor debemos tener especial cuidado al consultar su obra, debido a que da por ciertos eventos claramente mitológicos y hasta mágicos, su valor es mayor desde el punto de vista literario o mitográfico.

La Batalla de las Termópilas

En este caso, no se trata de la famosísima batalla de los 300 espartanos contra el persa Jerjes I, sino de la segunda batalla importante acaecida en el mismo lugar, esta vez entre griegos y celtas. Los galos fueron liderados por Brenno, quien no tiene nada que ver con el Brenno anterior, ya que estamos hablando de cerca del año 279 a.C., cien años después de que los senones tomaran Roma. Formaban una coalición de tribus galas, entre las que estaban los volcas tectosages, cuya capital era la actual Toulouse (Tolosa). Estos galos migraron junto con otras tribus, y un grupo, comandado por Bolgio, se adentró en Macedonia, derrotando y matando a su rey Ptolomeo Cerauno. Luego de esto, decidió unirse a Brenno y atacar en conjunto a Grecia. Pero las ciudades estado helenas no representaban gran botín, y Brenno persuadió a sus tribus de atacar el santuario de Delfos, uno de los oráculos más famosos y ricos de la antigüedad.

Ejércitos en combate

No podemos dejar de mencionar una aproximación del número de efectivos presentes en cada contingente. Los historiadores griegos antiguos (Pausanias) hablan de ciento cincuenta mil combatientes por parte de los celtas, cifra realmente exagerada. Si acaso, como estamos hablando de la migración de todo un pueblo, ese número podría referirse a hombres, mujeres y niños. Aún tomando eso en consideración, los estudios demográficos modernos nos indican que las tribus celtas más pobladas llegaban a tener unos cincuenta mil integrantes y que, por cada hombre adulto, había tres no combatientes, lo cual nos daría una media de doce mil soldados; pero al ser una confederación de varias tribus, este número podría verse aumentado hasta los treinta o cuarenta mil guerreros.

Por el lado griego, Pausanias nos presenta una detallada relación de hoplitas, jinetes, infantes y peltastas por ciudad: Beocia, Focia, Lócrida, Megara y sus comandantes Cefisodoto, Diógenes, Lisandro, Critóbulo, Antíoco, Hipónico, Poliarco, Polifrón y Lacrates. Un dato a tomar en consideración es que la ciudad de Atenas envió toda su flota al mando de Calipo como apoyo. Hasta el nuevo rey de Macedonia envió quinientos mercenarios. Los autores modernos (como Montagu) calculan el total de los griegos en unos treinta mil soldados.

Los helenos establecieron una línea defensiva en el paso de las Termópilas. Los celtas se encontraban al norte, cerca de Magnesia, y decidieron cruzar el río Esperqueo con su caballería ligera, pero encontraron que todos los puentes habían sido cortados. Ante esto, Brenno ordenó a sus soldados más altos y buenos nadadores —unos diez mil— cruzar el río a nado, usando sus escudos a modo de flotadores, al amparo de la noche. Luego, el rey celta forzó a los pobladores del golfo Maliaco a construir puentes sobre el río. Una vez que terminaron, cruzó con todo el ejército y atacó y saqueó a Heraclea de Traquinia, que se encontraba a unos 7,5 km del paso de las Termópilas.

Brenno se enteró por espías y desertores que los griegos les esperaban atrincherados en el paso. Al día siguiente, decidió avanzar sobre ellos.

Los helenos les presentaron resistencia en una formación de falange cerrada y, con los soldados ligeros, arrojaban jabalinas y saetas. La flota de Atenas acercaba sus trirremes a la costa y les lanzaban proyectiles y piedras a los galos. Los jinetes de ambos bandos se mostraban ineficaces debido a lo estrecho del paso. Los galos atacaron con ferocidad, pero carecían de armaduras, se protegían sólo con sus escudos.

Según nos cuenta Pausanias, los celtas mostraban tal desprecio de la muerte, que llegaban a arrancar las saetas de sus cuerpos y las usaban contra los griegos. Ese primer día, a pesar del arrojo mostrado, los celtas fueron rechazados. Luego de la retirada, los helenos procedieron a recoger a sus muertos y desvalijar a los contrarios. Se extrañaron de que los celtas no solicitaran permiso para recuperar los cuerpos de sus caídos y los dejaran en el lugar como alimento de los animales carroñeros. Pausanias lo atribuye a que intentaban asustar con esto a los griegos y a que no les importaban sus muertos.

Pero Pausanias muestra desconocimiento de los rituales funerarios celtas. Su costumbre era dejar a sus héroes caídos en combate en el mismo campo de batalla, para que fueran descarnados por buitres, cuervos o lobos y así servirles de psicopompos y ser llevados, por medio de éstos, ante Ogma el Grianainech, dios que los tendría en su seno hasta su próxima reencarnación. Luego, con los huesos ya sin carne, procedían con el resto de sus rituales fúnebres.

Siete días más tarde, Brenno intentó flanquear a los helenos por las montañas, pero en el camino se encontraron con un contingente de focios que logró rechazarlos.

Toda Termópilas tiene su Efialtes

Brenno decidió atacar la ciudad etolia de Callium para obligar a los etolios, el más numeroso contingente griego, a abandonar a sus compañeros y huir para salvar sus hogares y familias. El rey celta envió un cuarto de su ejército contra la ciudad y logró tomarla y saquearla. Pausanias se detiene en su narración para contar al detalle las supuestas barbaridades de los galos. Llega a decir que, incluso, los celtas degollaban bebés y se bebían su sangre. Es simplemente una muestra de la propaganda anti celta de los historiadores grecorromanos.

Seguro que los celtas no fueron amables con los habitantes de Callium —el objetivo era infundir el miedo—, pero de ahí a comer la carne de los infantes… Hubo violaciones y asesinatos, por supuesto, pero ¿cuál ejército conquistador de una ciudad enemiga en plena guerra se mostró amable?

El gran Alejandro arrasó Tebas hasta sus cimientos —menos la casa del poeta Píndaro— y luego arrasó Tiro por su valiente reticencia a someterse, matando al menos ocho mil pobladores y esclavizando a treinta mil. El mismo Cayo Julio César, en sus comentarios, narra la masacre contra las tribus de usípetes y los téncteros y nos habla de la muerte de la población civil, hombres, mujeres y niños.

El hecho es que el plan de Brenno funcionó y los etolios se retiraron de las Termópilas para defender sus otras ciudades. Pausanias nos cuenta cómo los habitantes de Callium emprendieron una guerra de guerrillas contra el cuerpo del ejército celta, causando grandes bajas en su camino de vuelta. Lo extraño es que el mismo Pausanias nos acaba de contar que los celtas masacraron a hombres, mujeres y niños; entonces, ¿quién de Callium pudo perpetrar estas emboscadas? No parece tener mucho sentido.

Brenno, al frente de un numeroso contingente de sus infantes, fue guiado por habitantes de Heraclea por el mismo paso que usó Efialtes para guiar a los persas y flanquear a los espartanos. A los de Heraclea les movía el deseo de ver a los celtas seguir al sur y dejar sus tierras, que fueran problema de otros. El rey galo había dejado al resto de su ejército frente a los griegos en las Termópilas con la orden de no atacar hasta que él hubiese flanqueado al enemigo. En su camino, Brenno se encontró con un grupo de focios que guardaba el sendero de Anopea y los derrotó, pero no pudo impedir que enviaran mensajes al resto del ejército con la nueva de que les atacarían por la espalda.

La flota ateniense tuvo el acierto de poder rescatar a todos los griegos para que lucharan un día más, y esos hombres fueron fundamentales en las luchas por venir.

Brenno avanzó raudo hacia el santuario de Delfos. Mientras tanto, los residentes del oráculo le pidieron un vaticinio a la Pitia. El dios respondió por su boca, según nos cuentan Pausanias y Justino:


«No teman, el mismo Apolo guardará su santuario».

Y les encomendó a los campesinos que dejaran sus ánforas de vinos y alimentos en sus casas, parte del vaticinio que nadie comprendió en ese momento, pero ¿quién entiende a los dioses?

Los etolios no sacrificados inútilmente en las Termópilas atacaban la retaguardia gala, ralentizando su avance. Los griegos reunieron a muchos soldados en las cercanías de Delfos, incluyendo a los rescatados por los barcos atenienses.

Brenno arribó con sus soldados al santuario, pero dudó si atacar de una vez o darle una noche de descanso a sus hombres. Los celtas, sin muchos víveres, se dedicaron a saquear las aldeas cercanas y se emborracharon con el vino dejado por órdenes de Apolo, lo que dio tiempo a los defensores griegos a prepararse. Luego, salieron a enfrentar a los celtas, quienes cargaron sin miedo contra la falange de hoplitas. Justino atribuye esa falta de temor a todo el vino que tomaron los celtas, pero de nuevo nos encontramos con pura propaganda. Cayo Julio César, en sus comentarios, alaba el coraje y falta de miedo en el combate de los galos, pero el romano, que los conocía mejor, atribuye ese desprecio por la muerte a la creencia celta en la reencarnación, pues la muerte no era el final, sino que volverían al mundo.

Por su parte, los helenos, motivados por su fe en Apolo, cuentan que el mismo dios participó en el combate, en la persona de un joven de inenarrable belleza, acompañado de dos bellas mujeres, una con un arco y la otra con armadura y yelmo —las mismas Artemisa y Atenea de los templos vecinos—. Con esta celestial motivación, los griegos avanzaron haciendo retroceder a los galos. Pausanias nos cuenta que los celtas resistieron inicialmente el embate de la falange, hasta que Brenno fue herido y lo tuvieron que sacar del combate hacia la retaguardia para atenderle. Esto pareció hacer flaquear la moral gala y comenzaron a retroceder. Cuentan que la herida del jefe celta fue producto de un rayo enviado por el mismo Apolo. Los galos se atrincheraron en su campamento para pasar la noche, cuando se desató una tormenta con rayos, granizo y nieve. Pausanias relata que, en la oscuridad, los centinelas celtas creyeron escuchar una carga de caballería —obra del dios Pan, según el cronista—, y al estar oscuro, los celtas se mataban entre ellos porque no se reconocían.

Al siguiente día, el ejército de Brenno retrocedía hacia Heraclea, hostigados durante todo el camino por contingentes etolios, beocios y atenienses. Las pérdidas galas fueron cuantiosas. Según Pausanias, ningún galo volvió ileso a su tierra; según Justino, ninguno volvió vivo. Sobre el destino de Brenno se cuentan tres versiones diferentes. Todas coinciden en su muerte. Unos dicen que se quitó la vida; otros, que ordenó a sus hombres que lo mataran a él y a todos los heridos para que pudieran volver más rápido. El hecho es que se retiraron derrotados. Pero un año después, el rey Nicomedes I de Bitinia los contrató como mercenarios, lo que desmiente las versiones de su casi aniquilamiento. A las órdenes de este rey, se asentaron en Anatolia y fundaron el reino de los Gálatas.

La arqueología nos ha dejado evidencias de lo importante que fue para los griegos la victoria contra los galos en Delfos, en forma de un antiguo vaso que representa a Apolo, junto con Artemisa y Atenea, en el acto de repeler el ataque. Se han encontrado monedas, acuñadas por Antígono II Gónatas, que conmemoran la intervención del dios Pan en la derrota celta. Un caso extremo es el del historiador y filólogo alemán Ludwig Preller, quien presenta la teoría de que la famosa estatua, conocida como el Apolo Belvedere, no es otra cosa que el dios agitando su Égida frente a los bárbaros Galos.

Los Gálatas

El propio Pausanias nos cuenta que algunos de los celtas volcas tectosages que integraron el ejército del Brenno que derrotó a los griegos en las Termópilas formaron gran parte de los celtas que se establecieron en Anatolia. Antes, según relata Polibio, los galos de Comontoris, uno de los generales de Brenno, se establecieron cerca de Bizancio (futura Constantinopla) y fundaron una ciudad-estado llamada Tilis. Se dedicaron a saquear las tierras cercanas a Bizancio, y esta ciudad pidió ayuda a los griegos, que la obtuvieron en forma de soldados y 4.000 talentos de oro de parte de Heraclea, como nos cuenta el historiador Memnón, natural de esa misma ciudad.

A pesar de esta ayuda, los galos obligaron a Bizancio a pagarles tributos, al igual que a todas las ciudades de la costa del mar de Mármara, tal como nos explica Tito Livio. Polibio nos da hasta la cifra de diez millares de monedas de oro, costo del tributo pagado por Bizancio para evitar la destrucción de sus tierras. Al poco, los galos se dividieron en dos contingentes: uno comandado por Leonorio, que volvió sobre sus pasos y puso sitio a Bizancio con la intención de tomarla, y el otro, al mando de Luturio, quien aprovechó que un tal Antípatro, el sátrapa seléucida de la zona, había enviado cinco barcos con espías disfrazados de embajadores, a quienes capturó y usó sus naves para cruzar hacia Anatolia con todo su ejército, en varios viajes.

Durante el asedio de Bizancio —277 a.C.—, el rey Nicomedes I de Bitinia les propuso un tratado: los ayudaría a cruzar el mar hasta Anatolia y, a cambio, se comprometían a luchar contra comunes enemigos y respetar aliados y amigos. Livio y Memnón nos indican que Leonorio y otros 17 jefes galos aceptaron el tratado y así llegaron también a Anatolia. Junto con el rey Nicomedes, los galos enfrentaron y derrotaron al rebelde hermano de éste, Cipetes II, unificando, así, Bitinia. Los celtas recibieron casi todo el botín obtenido, lo que los motivó a seguir con Nicomedes. Justino nos indica que parte de la intención del rey de Bitinia era usar a los galos contra el imperio persa seléucida. Los galos fueron usados como mercenarios por los reyes orientales helenizados, como Mitridates I del Ponto, quien los empleó en su guerra contra Ptolomeo II en la primera guerra siria. Los celtas obtuvieron importantes victorias en Capadocia. En premio a sus servicios, el rey del Ponto les permitió asentarse.

Escogieron una región y la llamaron Galacia, repartiéndose entre tres tribus: los trocmos, tolistóbogos y tectósages. Cada tribu fundó una ciudad: Ancira, Tavio y Pesinunte. De ello dan cuenta Tito Livio, Memnón y Estrabón. Los galos se organizaron en una tetrarquía gobernada por un consejo de 12 jerarcas asentados en Drynemetum. Exigían tributo por toda Anatolia, llegando a atacar territorio de los seléucidas. Este imperio, fundado por uno de los generales de Alejandro Magno, Seleuco I, se encontraba a la sazón gobernado por un hijo de éste, Antígono I Sóter, quien después de pacificar su imperio, debido a revueltas por el proceso de sucesión, decidió enfrentar la amenaza gala.

La Batalla de los Elefantes

Los galos, comandados por Leonorio y Luturio, tendrían alrededor de veinte mil soldados, con dos importantes alas de caballería y carros de guerra falcados. Esto se deduce del estudio de las fuentes y por los comentarios de historiadores modernos.

Por su parte, los persas seléucidas, guiados por el propio emperador Antíoco I, presentaron al combate diez mil hombres de infantería pesada, falange macedónica, una fuerza combinada de 8.000 argiráspidas y 2.000 hipaspistas, a la par de dos alas de caballería de mil jinetes cada una y 16 elefantes de guerra, junto con 800 infantes ligeros que les servían de apoyo a los paquidermos.

La infantería gálata, apoyada por su caballería, atacó la falange macedonia. Estando las dos líneas trabadas en combate, el rey persa ordenó el ataque de sus elefantes contra el flanco derecho celta (según los tácticos modernos como Fred E. Ray y Rolf Strootman, ya que las fuentes difieren notablemente sobre el desarrollo de la batalla).

Los Galos nunca habían visto un elefante y, menos aún, sus caballos. Desconcertados por las moles de largos colmillos que se les venían encima, los jinetes dieron la vuelta tratando de huir, llegando a pisotear a su propia infantería por el terror. También los carros falcados trataron de huir, pero chocaron entre sí y los que pasaron, herían a sus propios hombres con las cuchillas en los cubos de las ruedas. La intervención de los elefantes fue decisiva para la total victoria macedónica. Es tan contundente el rol de los paquidermos, que Justino nos muestra las palabras del propio emperador:

«¡Mis hombres, tenemos más motivos para avergonzarnos; salvados por esos dieciséis brutos! [elefantes] Si su extrañeza no hubiera producido el pánico ¿Dónde habríamos estado? Y en el trofeo no tendría nada tallado excepto un elefante».

De hecho, el epíteto concedido a Antígono I, «Sóter», significa «Salvador», y le fue concedido por esta batalla. De su lado, los gálatas siguieron haciendo florecer sus ciudades y sirviendo con buena fortuna en las guerras de los monarcas helenizados como Antígono II Gónatas contra Ptolomeo, el hijo de Pirro y varios otros, llegando, incluso, a participar en la famosa batalla de Actium, entre Cleopatra y Marco Antonio contra Octaviano Augusto.

Según nos cuenta Tito Livio, los estados celtas mantuvieron su independencia y la consolidaron durante los reinados de los sucesores de Antíoco. Precisamente, durante uno de esos períodos de independencia, llegó al trono de Galacia el rey Deyórato I.

De la tribu de los tolistobogios, fue primero tetrarca de la parte oeste de Galacia y luego, coronado rey de los Gálatas. Nació en torno al año 105 a.C. El nombre Deiotarus se traduce generalmente como «toro divino» del dialecto celta-galo (deiuo-tauros; cf. irlandés antiguo, duw galés, duiu galés antiguo, «Dios» y tarb irlandés antiguo, tarw galés «toro», con celta occidental metátesis del cluster -uro- a -ruo-). Las tribus celtas asentadas en Galacia no pudieron evitar pasar por un proceso de helenización, debido a su frecuente contacto con otros reinos asimismo helenizados, pero mantuvieron algunas de sus tradiciones celtas. Hay evidencias de que pervivió el idioma galo, junto con el griego, la lengua franca en esa zona y época. Existen registros numismáticos de monedas acuñadas por los Gálatas, como es el caso del mismo Deyórato mostrado en el anverso, y en el reverso, una figura de Júpiter sentado, llamado Zeus Keraunius. Los tetradracmas áticos tardíos, con la cabeza de Atenea y la Victoria, fueron realizadas por Amintas, rey de Galacia, cuando hizo su ceca en Side (36 a.C.). La granada (σίδη) se encuentra en todo el escudo de la ciudad.

Deyórato luchó contra las tropas de Mitrídates VI el Grande, logrando expulsarlas de Frigia (zona de Anatolia). Por dicha campaña contra uno de los más fieros enemigos de Roma, Deyórato fue recompensado con tierras en el Ponto oriental, Armenia Inferior y toda Galacia, pasando, de ser tetrarca, a ser rey de un territorio mucho mayor. Gneo Pompeyo fue su amigo y protector y, al estallar la guerra civil entre los romanos, se vio inevitablemente inmiscuido en ese conflicto, del lado pompeyano, contra Julio César. Luego de la victoria de César en Farsalia (9 de agosto 48 a.C.), Pompeyo y Deyórato se refugiaron en Asia.

Después de la muerte de Pompeyo, Deyoráto se enfrentó a ser ejecutado, pero, gracias en parte a la defensa de Cicerón, fue absuelto. Por esos años, Farnaces II del Ponto invadió Armenia Inferior y derrotó a Deyórato en su intento por impedirlo. Pero Julio César, venido de Egipto, luego de perdonar a Deyórato por su apoyo a Pompeyo, luchó contra Farnaces II, junto con una legión de galos proporcionada por Deyórato, y lo derrotó en la batalla de Zela, donde, según Plutarco, César pronunció la famosa locución latina de:

«Veni, vidi, vici»

«Vine, vi, vencí», lo que quiere decir, según Suetonio, que César tardó cinco días en llegar a Zela (veni), y cuatro horas después de haber visto al enemigo (vidi), ya lo había derrotado (vici). Hasta el día de hoy, esa expresión es usada para denotar lo rápidamente que se ha conseguido un éxito.

Luego del asesinato de César, Marco Antonio confirmó a Deyórato en el trono. Pero el rey galo apoyó a la facción de los asesinos contra el mismo Marco Antonio y Octaviano. Luego de la batalla de Filipos (octubre de 42 a. C.), el rey celta volvió del lado de los triunviros. Se cuenta (Cicerón) que Deyórato mantuvo el reino hasta su muerte, a una edad muy avanzada. Lo sucedió su yerno Brogitarix y a éste, Amintas de Galacia, nieto de Deyórato y último rey de Galacia. A la muerte de Amintas en el 25 a. C., el reino se convirtió en provincia romana con el nombre de Galatia.

Saulo de Tarso

¿Quiénes fueron los primeros celtas en convertirse al cristianismo?

No fueron los coetáneos del protomártir de Britania, San Albano. No fueron los pictos evangelizados por San Columba de Iona (Saint Colm Cille irlandés antiguo), ni los irlandeses convertidos por San Patricio (o en gaélico irlandés, Pádraig), Santo patrono de Irlanda, cuya fiesta se celebra el 17 de marzo en Irlanda y otros países.

Los primeros celtas en convertirse al cristianismo fueron los Gálatas, convertidos tan temprano como en el siglo I, por el apóstol de los gentiles Saulo de Tarso o San Pablo. En el nuevo testamento se puede leer la llamada epistolam ad Galatas o carta a los Gálatas; se suele fechar este libro neotestamentario entre los años 50 al 55 d.C. Escrita originalmente en griego, el apóstol de los gentiles exhorta a la iglesia gala a no dejarse convencer por los llamados judaizantes, una de las primeras disensiones del cristianismo primitivo. Por lo reflejado en la misma carta, se puede deducir que Pablo ya había estado en Galacia y que la visitó al menos en dos ocasiones más.

La legión de Gálatas, proporcionada por Deyórato, primero a Pompeyo y luego a César, que luchó contra Mitrídates el Grande y Farnaces II, posteriormente entraría a formar parte del sistema militar romano con el nombre Legio XXII Deiotariana. Es un tanto irónico que una legión del ejército romano fuese nombrada en honor a un jefe galo. Estuvo activa, por lo menos, hasta la época de Trajano.

En el siglo IV d.C., San Jerónimo de Estridón visita Galacia y deja nota de que el idioma hablado allí era muy similar al hablado en la ciudad de Augusta Treverorum (actual Tréveris), de donde provenía la tribu celta de los tréveros, lo que demuestra que, a pesar de la helenización y la posterior romanización, los gálatas pudieron conservar su idioma celta. La ciudad de Ancyra, fundada por los Gálatas, fue capital del reino durante mucho tiempo y es la actual Ankara, capital de Turquía. Hoy día en Estambul (antigua Constantinopla, Bizancio) se puede visitar el barrio gálata y la torre de los gálatas (en turco, Galata Kulesi), nombrada así en recuerdo de los celtas.

Bibliografía y fuentes

Fuentes primarias

Fuentes Griegas:

Fuentes romanas y tardías:

Historiografía Moderna:

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